Desde hace muchos años nuestro partido ha estado conducido por las mismas personas de siempre.

Es posible que el poder formal haya cambiado de manos, pero el poder real sigue estando en las mismas manos.

En este grupo nos hemos propuesto trabajar para cambiar esta situación. Es hora de renovar a nuestro partido.

Sólo con la participación de los afiliados lo lograremos.

La idea de este blog es, precisamente, fomentar la participación activa de los afiliados.

Sumate. Esperamos tus ideas, tu coraje y tu voluntad de cambio.

martes, 13 de abril de 2010

Una versión brutal del catolicismo por Sinead O´Connor

DUBLIN.- Cuando era niña, Irlanda era una teocracia católica. Si se acercaba un obispo por la calle, la gente se apartaba para dejarle paso. Si asistía a un acontecimiento deportivo, el equipo se aproximaba a arrodillarse y besarle el anillo. Si alguien cometía un error, en vez de decir "nadie es perfecto", decíamos: "Podría pasarle hasta a un obispo".

Esta última frase era más certera de lo que imaginábamos. Hace unos días, el papa Benedicto XVI escribió una carta personal en la que pedía perdón -por decir algo- a Irlanda por los decenios de abusos sexuales a menores que cometieron unos sacerdotes en los que se suponía que debían confiar esos niños. Para muchos irlandeses, esa carta del Papa es un insulto no sólo a nuestra inteligencia, sino a nuestra fe y a nuestro país. Para entender por qué, hay que tener en cuenta que los irlandeses hemos sufrido una variante brutal del catolicismo, basada en la humillación de los niños.

Yo lo viví en persona. Cuando era niña, mi madre -una madre maltratadora y todo lo contrario de lo que debe ser una buena madre- me animaba a que robara en las tiendas. En una ocasión me atraparon y pasé 18 meses en el Centro de Formación An Grianan, una institución para niñas con problemas de conducta en Dublín, por recomendación de una trabajadora social. An Grianan era una de las hoy tristemente famosas "lavanderías de las Magdalenas", patrocinadas por la Iglesia, que albergaban a adolescentes embarazadas y a jóvenes poco dóciles. Trabajábamos en el sótano, lavando la ropa de los curas en fregaderos con agua fría y pastillas de jabón. Estudiábamos matemáticas y mecanografía. Teníamos poco contacto con nuestras familias. No cobrábamos ningún sueldo. En mi caso, por lo menos, una de las monjas fue buena conmigo y me regaló mi primera guitarra.

An Grianan era un producto de la relación del gobierno irlandés con el Vaticano; la Iglesia gozó de una posición especial, reconocida en nuestra Constitución hasta 1972. Todavía en 2007, el 98% de los colegios irlandeses estaba en manos de la Iglesia Católica. Pero los colegios para niños difíciles han estado siempre plagados de castigos corporales salvajes, maltratos psicológicos y abusos sexuales. En octubre de 2005, un informe encargado por el Gobierno identificó más de cien acusaciones de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 1962 y 2002 en Ferns, un pueblo a unos cien kilómetros al sur de Dublín. La policía no investigó a los sacerdotes acusados; se dijo que padecían un "problema moral". En 2009, un informe similar involucró a los arzobispos de Dublín en la ocultación de varios escándalos de abusos sexuales entre 1975 y 2004.

¿Por qué se toleraba esa conducta criminal? Según el informe de 2009, el "importantísimo papel que ha desempeñado la Iglesia en la vida irlandesa es el motivo por el que se consintió que no se pusiera fin a los abusos cometidos por una minoría de sus miembros".

A pesar de la larga relación de la Iglesia con el gobierno irlandés, la carta en la que el papa Benedicto pide, teóricamente, perdón no asume ninguna responsabilidad por las infracciones de los curas irlandeses. Dice que "antes, la Iglesia en Irlanda debe reconocer ante el Señor y ante los otros los graves pecados cometidos contra unos niños indefensos". ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en esos pecados?

En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos. Se presenta como una víctima más: "No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda". Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión. Es decir: actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían "observar el más estricto secreto" y "atenerse a un silencio eterno".

Benedicto, entonces Joseph Ratzinger, era cardenal cuando escribió esa carta. Hoy, cuando ocupa el sillón de San Pedro, ¿vamos a creer que su opinión ha cambiado? ¿Y vamos a conformarnos ante las recientes revelaciones de que en 1996 se negó a destituir a un sacerdote acusado de haber abusado de hasta 200 niños sordos en el Estado norteamericano de Wisconsin?

La carta de Benedicto afirma que su preocupación es "sobre todo, ayudar a sanar a las víctimas". Sin embargo, les niega lo que podría sanarlas: una confesión inequívoca del Vaticano de que ocultó los abusos y de que ahora está tratando de ocultar el ocultamiento. Asombrosamente, el Papa invita a los católicos a "ofrecer vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de las Escrituras y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia de Irlanda". Y sugiere, cosa aún más asombrosa, que las víctimas irlandesas pueden sanar acercándose más a la Iglesia, la misma Iglesia que exigía votos de silencio a los niños víctimas de los abusos, como ocurrió en 1975, en el caso del padre Brendan Smyth, un sacerdote irlandés que más tarde acabó en la cárcel por delitos sexuales repetidos. Muchos irlandeses, cuando se nos pasó la risa, nos dijimos que la idea de que necesitamos la Iglesia para aproximarnos a Jesús es una blasfemia.

Para los católicos irlandeses, lo que insinúa Benedicto -que los abusos sexuales en Irlanda son un problema irlandés- es arrogante y blasfemo. El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que lo invocan con tanta frecuencia.

Los católicos irlandeses tienen una relación disfuncional con una organización que comete abusos. El Papa debe hacerse responsable de las acciones de sus subordinados. Si hay sacerdotes católicos que abusan de los niños, es Roma, y no Dublín, la que debe responder por ello, con una confesión inequívoca y sometiéndose a una investigación criminal. Mientras no lo haga, todos los buenos católicos -incluidas las ancianitas que van a misa todos los domingos, no sólo los cantantes de protesta como yo, a quienes el Vaticano puede ignorar sin problema- deberían dejar de acudir al templo. Ha llegado la hora de que en Irlanda separemos a nuestro Dios de nuestra religión y nuestra fe de sus supuestos dirigentes.

Hace casi 18 años, rompí una fotografía del papa Juan Pablo II en un episodio de Saturday Night Live . Muchos no entendieron la protesta. La semana siguiente, el presentador invitado del programa, el actor Joe Pesci, dijo que, si hubiera estado presente, me hubiera dado una bofetada. Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ése es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto. Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Mientras Irlanda soporta la ofensiva carta con la que Roma pide perdón y un obispo irlandés dimite, pido a los estadounidenses que comprendan por qué una mujer católica irlandesa que sobrevivió a los malos tratos de niña pudo querer romper la foto del Papa. Y que piensen si a los católicos irlandeses, por no atrevernos a decir que nos merecemos algo mejor, se nos debe tratar como si mereciéramos algo peor.

© Sinead O´Connor y LA NACION

miércoles, 7 de abril de 2010

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS INTERNAS?

Dentro de muy poco tiempo - el 9 de Mayo en la CABA y el 6 de Junio en la Provincia de Buenos Aires- se llevaran a cabo elecciones internas en la UCR.

Cabe entonces preguntarse para qué sirven las internas de los partidos políticos.

Básicamente, un partido político es un nexo entre el Estado y la Sociedad. Los partidos modernos han definido qué sectores sociales y qué intereses van a representar. Y actúan en consecuencia.

Del mismo modo, también han definido que tipo de organización se van a dar. Si van a ser un partido de masas, uno de cuadros, uno mixto, si va a haber debate interno o no, si se va a formar a dirigentes jóvenes pensando en el futuro y en la perdurabilidad de la organización y varios etc. mas.

Hoy, en nuestro partido –tal como ocurriera desde la aparición y consolidación del peronismo hasta 1983- existen dos proyectos partidarios bien diferenciados: el de los que prefieren un partido chico, cerrado y distante de la sociedad y el de quienes aspiramos a uno grande, ancho y con profundidad social.

También, al igual que varios analistas, creemos que existe un vacío en los partidos políticos y que los mismos no saben resolver la crisis en la que están inmersos. La falta de renovación de sus cuadros dirigenciales, la falta de democracia interna, la resolución judicial de sus conflictos, la falta de un debate abierto de ideas y proyectos que puedan ser compartidos y asumidos como propios por los afiliados –y que deriva en una constante diáspora exacerbada por los personalismos que emergen, precisamente, por la carencia de proyectos colectivos- hacen que en la actualidad la supervivencia de los partidos esté amenazada.

No podemos permitir que los partidos sean para unos pocos, como bien decía Weber cuando explicaba cómo eran las estructuras de los partidos en Inglaterra: de notables y aristócratas. Estas instituciones fundamentales del sistema democrático deben producir un cambio a favor de la comunidad en general y no sólo en favor de unos pocos.

Como ha dicho el profesor Midón: "Cuando un grupo de afiliados convierte al partido en un clan, y al pluralismo partidario en un corporativismo rígido, queda la sensación maligna de que se antepone el partidismo a la institucionalidad, la cofradía a la membresía funcional de y en un órgano de poder. Si el descreimiento y la falta de confianza en las dirigencias es, al día de hoy, un muy mal síntoma para la sociedad democrática, esta práctica no hace sino profundizar el escepticismo",

En el año 2001, como consecuencia de la crisis política, económica y moral que desató el nefasto gobierno encabezado por Fernando de la Rúa, la sociedad realizó un reclamo a la dirigencia política: una reforma que acerque nuevamente los partidos políticos a la sociedad y que los mismos tengan un nuevo perfil, por medio de mecanismos que permitieran la renovación de su dirigencia. Ese era el verdadero significado del “que se vayan todos”, salvo para algunos minúsculos grupos de izquierda que aún piensan en formas de gobierno de tipo asamblearia o cosas por el estilo


Algunas organizaciones han intentado renovar sus métodos y su dirigencia, otros ni siquiera se lo han propuesto. El éxito o el fracaso en esta tarea ha determinado los resultados de las elecciones realizadas desde aquellas fechas hasta hoy. Incluso, la sociedad ha buscado en figuras extra políticas o partidarias, como Macri o de Narváez (y también a través de miembros de la farándula) nuevos representantes. Hoy, la sociedad con acceso a la información (por lo tanto generadora -y receptora- de ese fenómeno denominado “opinión pública”) observa y se guía, poniendo sus expectativas en las actitudes reales, en los comportamientos y conductas de los dirigentes de los partidos antes de otorgarles su confianza.

De todo esto se trata una elección interna. Y también de delinear y proponer un proyecto de país -o de distrito- posible, sustentable, inclusivo y definitivamente mas justo.

Elegir dirigentes capaces de ocuparse de los problemas reales de la gente -y no de cómo se acumula mas poder- puede ser la diferencia entre volver a convertir a la UCR de la Capital en una fuerza capaz de gobernar el distrito o en una intrascendente, como lo ha sido durante los últimos 10 o 12 años.

Del mismo modo, una elección interna se define de acuerdo a la cantidad de afiliados que participen de ella. Si son pocos, los aparatos partidarios llevarán las de ganar. Si, en cambio, la sociedad decide involucrarse y formar parte del proceso de renovación, seguramente quienes resulten electos estarán obligados a cumplir los “contratos electorales” asumidos, so pena de ser denostados por la misma gente que los apoyó y generar, así, una nueva crisis.

Por eso les decimos a los afiliados: participen. Háganlo masivamente, como en 1983, para volver al partido grande y triunfador.

Si fracasamos, estaremos dejando al país y al distrito al borde del abismo. El autoritarismo populista y el de derecha están a la vuelta de la esquina, agazapados, esperando el fracaso y la desaparición de la Unión Cívica Radical.

Para esto sirven las internas. Esto es lo que está en juego en los próximos días.